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Soteldo, el niño que maduró

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Soteldo, el niño que maduró
Foto: Difusión

Hacarygua es un vocablo indígena de las tribus que poblaron lo que hoy es el norte de Venezuela. La colonización castellanizó la palabra y le dio el nombre a una ciudad. La tradición católica le sumó su parte y quedó San Miguel de Acarigua. Siglos después, en un potrero de esa zona, Yefferson Soteldo estaba jugando un partidito cuando avisaron que había un entrenador de Caracas. Tiró gambetas, desparramó rivales y el entrenador enloqueció. Lo convocó a una prueba. No pudo ir. Se quedó llorando en su casa. No tenía botines.

No era la primera vez en que la plata lo traicionaba. De niño, en su barrio, no tenía para pagar la cancha. Esa tarde en que faltó cambió su historia. Cuando el entrenador iba a empezar la prueba, se dio cuenta que no estaba el crack. Preguntó dónde era la casa y fue a buscarlo. Soteldo estaba tirado en la cama, viendo la televisión con su madre. Tocaron la puerta, él explicó la situación y el técnico le aseguró que lo resolverían. Cuando llegó, su equipo perdía 2-0. Lo dieron vuelta: dos gritos y un penal que le cometieron.

Se instaló en Caracas y comenzó a brillar. Estaba en el sub-14, lo miraban desde todo el país. Él no estaba en un gran momento personal. Lo convocaron a una oficina y le dijeron que lo echarían por mala conducta. Lejos estaban sus sueños de su manera de ejercerlos. Se enojó. Consideró en dejar el fútbol. Regresó a su casa, dispuesto al amateurismo y se anotó en la liga portuguesa, el campeonato regional.

El problema de los cracks es que nunca logran ocultar su talento. Soteldo no iba a dejar de ser quien era por más que no se comportara como tal. En un partido, lo vieron desde el Zamora. Le propusieron viajar a Barinas e instalarse. Su madre no quería saber nada: no le había gustado lo de Caracas. Ni su accionar ni su dolor del final. Lo que no esperaba es que apareciera un nuevo padre: Noel Sanvicente.

El actual entrenador de Caracas lo tomó como un hijo. Lo educó. Semana a semana lo desafiaba, lo cuidaba. Disputaron el torneo sub-16 y salieron campeones. “Chita me retaba todos los días”, admite el extremo. Construyeron una sociedad tan sólida que ganaron tres ligas locales entre 2015 y 2016.

Le llegaron ofertas de cualquier lado para perderse. Eligió raro: fue a Huachipato, de Chile. Tuvo tanto frío que lo primero que hizo fue irse a un Mall a envolverse en suéteres. Irrumpió en el fútbol chileno. Llamó la atención de la Universidad de Chile y enamoró al continente en la CONMEBOL Libertadores.

La Selección de Venezuela fue su mayor gloria. Soteldo forma parte de la mejor generación de ese país. Salió tercero en el Sudamericano sub 20 de 2017 en Ecuador, donde marcó tres goles. Se embarcó en el segundo puesto del Mundial sub-20 de Corea del Sur. Construyó una historia de imposición: no es fácil ser bajito y parte de un país que no es potencia futbolística. Por eso, lo suyo es tan importante como guía.

Jorge Sampaoli, conocedor de la liga chilena, puso los ojos en él y lo convocó para Santos. Llamó la atención su físico. Desde siempre, ser pequeño le había jugado una mala pasada: “Todo el mundo hablaba de mi altura, que no iba a poder jugar al fútbol por mi tamaño por ser muy pequeño. Ahora estoy aquí, me superé. Eso también es para los más jóvenes que son pequeños también. Ellos pueden ver a Soteldo y decir yo también puedo. Yo hice eso con Messi. Vi que era pequeño, que llegó y yo también puedo”. Se impuso. Creció como futbolista. Tocó el techo. O eso se creía. Porque Soteldo nunca frena. Será el tercer venezolano en disputar una final de Libertadores -los otros son el Lobo Guerra con Atlético Nacional en 2016 y Dudamel con Deportivo Cali en 1999-. La Gloria Eterna quizás le quede bajo sus pies.

Con botines y con el alma del primer día, Soteldo va por todo.

Fuente: Copa Libertadores