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viernes 2, diciembre 2022
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Una guerra nuclear entre EE.UU. y Rusia provocaría una hambruna mundial y 5.000 millones de muertos

El conflicto entre Rusia y Ucrania ha revivido los fantasmas de la guerra nuclear: primero la ocupación del sarcófago que aísla Chernóbil y, después y más recientemente, los combates cerca de la central ucraniana de Zaporiyia, cuya situación es, según Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, «crítica», han provocado que salten todas las alarmas. Ahora, un estudio publicado en la revista ‘Nature Food’ alerta sobre el peligro y las devastadoras consecuencias de seis posibles escenarios de guerra nuclear. El peor de todos, un conflicto entre EE. UU. y Rusia, que provocaría 5.000 millones de muertos solo por hambruna, sin tener en cuenta los fallecidos directos u otras causas.

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Sobre datos de investigaciones anteriores, un equipo de investigadores internacionales encabezados por Alan Robock y Lili Xia, ambos profesores del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad Rutgers (EE. UU. ), determinaron la cantidad de ceniza y hollín que se crearía tras la detonación de armas nucleares y cómo todo este material podría bloquear la entrada del sol en la atmósfera. Los autores calcularon la dispersión del hollín a partir de seis posibles escenarios de guerra entre las potencias nucleares (cinco conflictos pequeños entre India y Pakistán y uno a gran escala entre EE. UU. y Rusia), teniendo el cuenta el tamaño del arsenal de cada país.

Esta información se ingresó en el Modelo del Sistema Terrestre Comunitario, una herramienta de pronóstico del clima respaldada por el Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR), lo que permitió calcular cómo afectaría a la productividad de los principales cultivos mundiales (maíz, arroz, trigo y soja). Los investigadores también examinaron los cambios proyectados en los pastos del ganado y en la pesca a nivel global.

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Y la respuesta fue clara: incluso en el escenario nuclear más pequeño -una guerra localizada entre India y Pakistán-, supondría una disminución del rendimiento de los cultivos en un 7% dentro de los cinco años posteriores al conflicto. En un conflicto ‘pequeño’ (de unas 100 detonaciones), se arrojarían a la atmósfera 5 millones de toneladas métricas de partículas. Como dato comparativo: los catastróficos incendios forestales en California en 2017 o los de Australia a finales de 2019 llegaron hasta 1 millón de toneladas métricas cada uno.

Este ‘paraguas’ de cenizas afectaría a los cultivos y, de media, tendríamos acceso a un 7% menos de calorías. En el mundo occidental desarrollado esto puede parecer una nimiedad; sin embargo, en países donde rozan la hambruna sistemática, esto sería una condena de muerte.

Los datos son aún más alarmantes en el caso de una guerra a gran escala entre Rusia y EE. UU., donde la producción calórica mundial descendería hasta el 90% tan solo tres o cuatro años después de las detonaciones, ya que se emitirían unas 150 toneladas métricas de cenizas y polvo. «Los datos nos dicen que debemos evitar que ocurra una guerra nuclear», sentencia Robock.

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Interrupción catastrófica de los mercados
Los cultivos de latitudes medias y altas serían los más castigados por esta ‘pantalla’ de ceniza. El Reino Unido, por ejemplo, vería caídas más pronunciadas en los alimentos disponibles que un país como la India, que se encuentra en latitudes más bajas. Pero Francia, que es un importante exportador de alimentos, le iría relativamente bien, al menos en los escenarios de emisiones más bajas, porque si se detuviera el comercio, tendría más alimentos disponibles para su propia gente.

El mapa de la izquierda es el estado de consumo de calorías en 2010 sin comercio internacional; la columna de la izquierda es el caso Ganadería ; la columna del medio es el caso de Ganadería Parcial, con el 50% de la alimentación del ganado utilizada para la alimentación humana y el otro 50% para alimentar al ganado; y la columna de la derecha es utilizando todo el alimento disponible. Todos los mapas asumen que no hay comercio internacional y que las calorías totales se distribuyen uniformemente dentro de cada nación. Las regiones en verde significan que el consumo de alimentos puede soportar la actividad física actual en ese país; las regiones en amarillo son la ingesta de calorías que haría que la gente perdiera peso y solo se apoyaría la actividad física sedentaria; y las regiones en rojo indican que la ingesta diaria de calorías sería menor que la necesaria para mantener una tasa metabólica basal (también llamada gasto de energía en reposo) y, por lo tanto, conduciría a la muerte después de que una persona agotara sus reservas de energía corporal en grasa almacenada y músculo prescindible. De arriba a abajo, toneladas métricas de ceniza expulsadas a la atmósfera. | Foto: NATURE

Otra nación ‘afortunada’ sería Australia. Aislada del comercio a raíz de una guerra nuclear, Australia dependería principalmente del trigo como alimento. Y el trigo crece relativamente bien en el clima más frío inducido por el hollín atmosférico. En el mapa del equipo que muestra grandes porciones del mundo coloreadas de rojo, debido al hambre, Australia brilla con un verde intacto, incluso en los escenarios de guerra más severos. «La primera vez que le mostré a mi hijo el mapa, la primera reacción que tuvo fue ‘vamos a mudarnos a Australia’», dice Xia. España tampoco sale mal parada en el reparto, aunque notaría directamente las consecuencias en caso de una guerra generalizada.

Sin embargo, en un mundo globalizado, es imposible pensar que el mundo entero no se vería afectado: «Estos cambios inducirían una interrupción catastrófica de los mercados mundiales de alimentos», escriben los autores. Incluso una disminución global del 7% en el rendimiento de los cultivos superaría la anomalía más grande jamás registrada desde que se tienen registros, que datan de 1961. «Bajo el escenario de guerra más grande, más del 75% del planeta estaría muriendo de hambre dentro de dos años», indican los investigadores.

Los autores también tuvieron en cuenta si usar como alimento humano el pienso del ganado o reducir el desperdicio de comida podría compensar las pérdidas. Sin embargo, no fue una medida de impacto en el caso de grandes conflictos nucleares. Además, los modelos de cultivo cambiarían. Por ejemplo, la capa de ozono sería destruida por el calentamiento de la estratosfera, produciendo más radiación ultravioleta en la superficie. «O el efecto que tendría la muerte de los polinizadores. Es por ello que necesitamos comprender ese tipo de impactos en el suministro de alimentos», afirma Xia.

La necesidad de acabar con el armamento nuclear
Robock afirma que este trabajo, en el que también participaron investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, es una prueba irrevocable de que una guerra nuclear, independientemente de su tamaño, destruiría los sistemas alimentarios mundiales, matando a miles de millones de personas en el proceso.

De hecho, no es el único estudio que alerta sobre el riesgo de un conflicto nuclear. Una investigación publicada el pasado mes en la revista ‘AGU Advances’ señalaba que, en caso de que dos estados con potencial nuclear entraran en combate -independientemente de cuáles fueran de los nueve que actualmente poseen esta capacidad armamentística-, se produciría una hecatombe: las temperaturas de la Tierra bajarían diez grados centígrados, se perderían las cosechas en todo el mundo, el hielo marino bloquearía los principales puertos y la pesca prácticamente desaparecería.

MÁS INFORMACIÓN

«Si existen armas nucleares, se pueden usar, y el mundo ha estado cerca de la guerra nuclear varias veces. Prohibir las armas nucleares es la única solución a largo plazo. El Tratado de la ONU sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, de cinco años de antigüedad, ha sido ratificado por 66 naciones, pero ninguno de los nueve estados nucleares. Nuestro trabajo deja en claro que es hora de que esos nueve estados escuchen a la ciencia y al resto del mundo y firmen este tratado».

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